miércoles, 31 de octubre de 2018

Novedades poéticas de SM (2): "Si yo fuera"

Cano, Carles (texto) y Serra, Adolfo (ilustraciones), Si yo fuera, Madrid, SM, 2018


Si yo fuera, una de las últimas novedades poéticas publicadas por SM, es un libro muy difícil de comentar o de reseñar, quizás porque promete una cosa y da otra, o tal vez porque yo esperaba algo distinto de la unión de dos de los grandes talentos de la literatura infantil hispánica de hoy en día: el escritor valenciano Carles Cano, autor de un sinfín de obras para niños y jóvenes, y el ilustrador turolense Adolfo Sierra, muy galardonado y reconocido en los últimos tiempos. Aunque el resultado sea, cuando menos y como cabría esperar de la unión de dos singulares universos como son los suyos, valioso y en ocasiones sugestivo, tengo la impresión de que es un libro que se queda a medio camino de lo que podría haber llegado a ser, y que las razones de dicha circunstancia son dos: la tensión entre la ética y la estética; y la confluencia y la relación entre texto e ilustración, no siempre satisfactoria. En cualquier caso, eso no quita para que pueda ser considerado una muestra importante y un ejemplo de lo que podría ser considerado como poesía para primeros lectores.
Una enorme virtud de Si yo fuera es sin duda que, desde el punto de vista literario, y como obra para primeros lectores, supone una disensión dentro de la poética dominante en este ámbito. Demuestra que la poesía para primeros lectores escrita directamente para el público infantil puede prescindir de los recursos propios de la poesía popular y aun así ofrecer un producto atractivo y apto para esa edad, de valor literario y gran potencialidad educativo-poética. Aquí, de hecho, se opta por el verso libre y se prescinde de la rima, y el resultado es igualmente idóneo para lectores incipientes.  
Aun así, desde el punto de vista poético Si yo fuera mantiene un pie dentro del repertorio infantil, ya que el enunciado del título no deja de ser ese factor aglutinador que suelen tener todos los poemarios infantiles y que unifica todas sus partes con un motivo común. La originalidad, en este caso, es que dicho leit motif no es temático sino enunciativo, dado que “Si yo fuera” (que varía desde el principio y se convierte en “Si fuera” o “Si fuese” según las secuencias) es el enunciado que encabeza cada una de las secuencias del libro. Así, durante las secuencias que componen el libro, la voz poética indeterminada que vamos escuchando expresa su deseo de ser un árbol, un libro, una casa, la luna o el sol.  Es decir, expresa lo que haría si fuera todas esas cosas, hasta que en la última secuencia de todas se produce la conclusión y resolución de esta retahíla desiderativa y se nos revela en cierta manera quién está detrás de estos deseos: “Pero solo somos niños / jugando a imaginar / dejando volar los sueños / como cometas en una tormenta”. Por ello, sin duda el tema de este poemario es la poesía misma, es decir, la capacidad de la imaginación para trascender la realidad y producir binomios fantásticos que transformen la visión convencional de lo que nos rodea. 
Es durante este despliegue de deseos sostenidos donde mejor se ve cuál es la base de la propuesta estética de Carles Cano en este libro y donde está lo mejor y lo peor de la propuesta poética del autor. Por un lado, quedan claras las cualidades líricas del lenguaje que es capaz de desplegar en pasajes como “Y si yo fuera un animal / sería un caballo salvaje / para sentir los dedos del viento / ondeando en mis crines”, “Si fuera un mueble / sería una mecedora / para acunar los sueños / y acompasar las nanas” o “Si fuera la luna, / rodaría por las colinas / y me bañaría en los estanques / con las ranas encantadas”. Pero, por otro lado, a menudo el tono lírico e imaginativo decae cuando el mensaje vence al estilo y podemos oír una voz muy distinta de la citada anteriormente, una voz un tanto didáctica que remite a una de las rémoras tradicionales de la LIJ: el adoctrinamiento. Se oye, por ejemplo, en pasajes como “Si fuera un juguete / estaría hecho de tal modo / que mi dueño / tuviera que compartirme”, “Si fuera una escuela / estaría hecha de juegos / de canciones, de cuentos / de libros y de cariño” o “Si fuera un país / no tendría fronteras / y haría de la felicidad / mi bandera y mi lema”. Yo en estos pasajes echo de menos un mayor vuelo lírico que trascienda el registro estándar y convencional que se usa en ocasiones, ya que en ellos no hay ningún atisbo de un lenguaje figurado que sirva para dar vuelo a estos versos. Sin embargo, creo que tales recaídas desde el punto de vista literario (no hablo del moral, ya que el mensaje implícito es de todo punto legítimo) no tienen que ver tanto con los niños como con los adultos. Es decir, no se trata de lo que los niños esperan o desean, sino más bien de los adultos queremos que los niños lean. En este sentido, todos estos pasajes parecen más bien un guiño al mediador que comprará el libro y que seguramente respirará encantado y satisfecho al comprobar que en este libro se tratan valores positivos como la tolerancia, la bondad, etc. De nuevo está aquí el adulto escondido, que determina el tipo de obra que se escribe. De nuevo, vemos aquí la tensión del doble destinatario. 
Estas irregularidades en el tono también están presentes en las ilustraciones. Adolfo Serra elige el motivo clásico, muy frecuente en la poesía infantil ilustrada, de crear personajes que vamos reencontrando a lo largo de todas las secuencias del libro y que actúan de hilo conductor para amalgamar así las distintas composiciones líricas que forman el libro. En este caso se trata de un niño de pelo rojo y una niña de pelo azul a los que podemos ver en los cambiantes escenarios por los que se van repartiendo, y que van mutando de tamaño y protagonismo según las distintas decisiones que se van tomando. El virtuosismo técnico de Serra, con el uso del color, las texturas y las veladuras y un dominio claro de los volúmenes y las proporciones, así como la coherencia estilística y cromática de todas las secuencias, crean un tono sostenido que facilitan la lectura y dan cohesión visual al conjunto. Sin embargo, la distintas soluciones que se proponen para las diversas secuencias no rayan al mismo nivel en todo caso, curiosamente, en un eco de lo que ocurre con los propios versos. Hay grandes hallazgos visuales, muy bien resueltos. Es el caso de la secuencia “Si fuera la luna...”, donde encontramos una luna llena convertida en estanque donde se baña el personaje masculino y moja los pies el femenino; o “Si fuera una palabra...”, en el que la melena azul de la niña se convierte en unas olas por las que va navegan un barco de papel en el que va el niño; o “Si fuera una ventana”, donde vemos cómo el mar entra literalmente por la ventana al interior de una casa. O, sobre todo, en “Si fuera una nube”, con ese niño-nube que deja caer el agua sobre su compañera en tierra, que se resguarda bajo un paraguas amarillo, y en la secuencia final, donde los niños llevan el sol y la luna como si fueran cometas, un gran hallazgo que maravilla al lector por su sencillez y eficacia. En otras ocasiones, en cambio, las ilustraciones dan soluciones más convencionales y menos audaces, como los personajes metiéndose a un libro en “Si fuera un libro...” o los niños-alimento de “Si fuera un alimento”. Y, en general, en aquellas ocasiones en que el texto vuela a menor altura las ilustraciones parecen moverse en un terreno más convencional y menos innovador. No dejan de ser imágenes de gran calidad, pero, consideradas en virtud de su relación con los versos, sus valores quedan un tanto atenuados, y no logran que dichas secuencias poéticas remonten el vuelo a través de su contrapeso visual. 
En conclusión, Si yo fuera, libro de factura impecable y muy bien editado es,  como ya he dicho al principio y pese a todos sus valores, una obra difícil de reseñar. Me da la impresión de que la unión de Cano y Serra podría haber alcanzado cotas mucho más altas de trascendencia imaginaria, pues el planteamiento es realmente sugerente. Pero en el duelo entre la ética y la estética que parece sostener de nuevo la LIJ de nuestros días, aquí parece que la victoria ha correspondido a la primera, y que en ella se ha llevado consigo también a las ilustraciones. La buena poesía, en ocasiones, no tiene nada que ver con los buenos sentimientos. Y, a veces, excelentes ilustraciones no sirven de complemento a los versos. 

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