jueves, 29 de noviembre de 2018

Poesía sobre la infancia: "Los límites", de Isla Correyero


Necesitamos testimonios que enciendan en nosotros
el recuerdo de lo más profundo.

Cuando éramos niños teníamos un margen de conciencia
dedicado al Resplandor.

Podíamos ver más allá de los nombres y las cosas. Arder de
amor por los pobres y los muertos. Visitar regiones
invisibles atravesando las azules tinieblas de las
habitaciones.

Traíamos de aquellos límites –siempre frágiles– descalzos
los pies, una peligrosa tristeza y extrañas imprecisiones en 
el vocabulario.

Y, cerrando los ojos, volvíamos a ver con claridad lo que
habíamos penetrado
y descansábamos, como dormidos, en el regazo de nuestra
madre
que nos creía y jugaba con nosotros, otra vez, a retirarnos
de la muerte. 

Isla Correyero 

De Mi bien. Antología poética, Madrid, Visor, 2018, p. 94 (originalmente publicado en Crímenes, 1993). 


jueves, 15 de noviembre de 2018

"Sino a quien conmigo va", de Rafael Escobar

  

     
       No es propiamente poesía para niños, pero la infancia está muy presente en sus poemas. Sino a quien conmigo va (Tigres de Papel) es el último libro del profesor y poeta, y sobre todo amigo y compañero de partidos de tenis y querencias por las tenistas de antaño de toque fino y las escritoras norteamericanas un tanto atormentadas, Rafael Escobar, quien me concedió el honor de escribir el prólogo. El libro, por estas cosas de la vida y las distancias, no llegó a mis manos como tal hasta la semana pasada, y no se me ocurre mejor manera de celebrarlo que reproducir aquí las palabras que con tanto gusto escribí para vestirlo. 

Extravío cierto

(o de la orfandad como estado permanente)

Un poemario es como los CD o los antiguos LP (estoy seguro de que al autor de este libro esta comparación totalmentepop no le desagradará en absoluto): un artefacto complejo en el que su creador debe hacer malabarismos entre la unidad y la diversidad para establecer una hoja de ruta oculta que el lector debe encontrar verso a verso, poema a poema. Todo esto – que muchos teóricos literarios, que no evocaré aquí no por contaminar con un solo ápice de resabios académicos un prólogo que ante todo quiere y debe ser un acto de entusiasmo y de amor, han definido con diversos términos un tanto opacos – emerge en un momento determinado de la lectura de un poemario, que es muy distinta de la de una novela o la de un ensayo. Es ese momento en que el lector levanta la cabeza maravillado de la página impresa y se da cuenta de que sabe por dónde quiere llevarle el autor, sabe que de una manera intuitiva e inefable ha comprendido de qué va la cosa, por decirlo con palabras llanas, que a veces son las mejores. Es entonces cuando el lector ha dado con la piedra angular que tienen todos los poemarios, que viene a ser como la clave de un arco: esa pieza que lo sostiene por entero y que le da sentido a todos los demás, sin la cual el conjunto se desmoronaría. Esa clave la da el lector, no siempre el autor. Leído ese poema, el libro se transfigura: es como ponerse unas gafas de tres dimensiones. Todo cobra sentido, todo cobra volumen, todo se encarnece. Es el momento en que el lector ha logrado habitar el poemario que hasta ese momento ha sido solo del escritor, y por eso la aparición de esa piedra angular puede sorprender al escritor, que quizás al escribir y ordenar el libro pensó que esa composición no era demasiado importante y que iba a pasar más bien desapercibida. 
En mi caso la iluminación llegó casi al final, en uno de los poemas de la sección titulada Ellosque se llama Aristócratas y plebeyos. El poema habla de la orfandad definitiva, de ese momento en que se produce la pérdida definitiva de los padres y quedamos a merced de la vida. Y propone también una idea distinta de la aristocracia: “que no concierne al hombre otra manera de aristocracia / sino la de ser amado de forma incondicional”. Ese amor incondicional que solo pueden tener los padres hacia los hijos. Un privilegio del que disfrutamos todos pero que acabamos perdiendo. Desde ese punto de vista, nuestro paso por la vida podría ser considerado siempre un estado de orfandad permanente, pero una orfandad relativa que solo es rematada en el momento en que perdemos a nuestros padres y, con ello, el amor incondicional que nos profesan sin importar lo que hagamos. O, como se dice en inglés con mayor exactitud, no matter what
Esta idea de la orfandad sobrevuela todo el poemario y se va metamorfoseando en diversas situaciones y mudanzas. Pero la orfandad definitiva solo llega en el momento que refleja este poema y que es el de la muerte de los padres. Así, Sino a quien conmigo dibuja una hoja de ruta basada en la orfandad como idea aglutinadora que se va desplegando en casi todos los versos y que quizás solo se revela en toda su amplitud y connotaciones en el poema citado, en el que brilla mejor que en ningún otro pasaje el ejercicio que lleva a cabo Rafael Escobar Sánchez en estas páginas: escribir sobre la nada, haciendo equilibrios sobre la punta del dedo gordo encima de un alambre, sin otro agarre, mirando siempre abajo, mirando hacia el abismo que no sostendrá nuestra caída, que no nos recogerá, pero también mirando hacia delante para no caerse. 
Al final la crítica literaria – y un prólogo como este no es más que un ejercicio de crítica literaria – no es sino un pobre sustitutivo, una forma de modelar con palabras la iluminación que nos ha producido un producto verbal como es un libro de poemas, una manera de intentar dar forma a lo inefable.  Una sola lágrima de las que me ha hecho derramar la lectura de este poema (y de este poemario) sería un prólogo mejor y más certero que todas las palabras que pudiera decir ahora mismo. Pero no puedo imprimir la lágrima (que también cae de lleno en el terreno de lo inefable) y dejarla como prólogo por imposiciones editoriales más que evidentes para todo el mundo. 
Cuando al final del todo Rafael Escobar incluye dos poemas fundamentales, VivirSino a quien conmigo va, está subrayando sutilmente, solo sutilmente, sin trazo grueso alguno, la ruta de lectura que ha ido desplegando a lo largo de todo el libro. Una ruta de lectura que solo será capaz de encontrar “quien resista en pie después del odio”, “quien aún cante entre el cierzo mudo de los muertos”; es decir, solo quien vaya con él, quien esté dispuesto a seguirlo en este ruta por la vida. 
Quizás por ello podamos aplicar a este libro las mismas palabras que Rafael Escobar usa para definir su oficio de profesor: 

Es oficio hermoso
sugerir algún itinerario oculto de la belleza, 
no imponer caminos marcados, no aleccionar, 
sólo proponer algún cauce de ala por que transcurra 
la luz definitiva que no es lumbre propia. 


Rafael Escobar propone aquí un itinerario oculto que debemos ir siguiendo poema a poema. 
Hay autores que nos hacen mejores lectores. Hay autores que nos llevan de la mano sin que nos demos cuentas, apenas apretando con sus dedos nuestros dedos, apenas tirando de nosotros para que vayamos por donde ellos quieren. Hay autores que nos dejan darnos cuenta de las cosas antes de que nos las confirme o nos las señalen con el dedo, y que solo al final del todo, cuando ya nos han dejado leer en solitario y llegar a nuestras propias conclusiones, nos confirman nuestras intuiciones. 
Rafael Escobar, en este libro, lo ha conseguido. Al llegar al final nos confirma lo que hemos ido sospechando, y nos invita a seguir con él, a ir con él por el mismo camino. 
Hablar al lector de tú a tú, sin condescendencia (una lección que he aprendido como autor y estudioso de la literatura infantil), es privilegio solo de los grandes escritores. Y con grandes no me refiero a aquellos escritores a los que la crítica y las instituciones han subido a los pedestales del canon y han señalado como tales, sino a aquellos que se toman en serio la literatura, que no significa otra cosa que tomarse en serio a sí mismos y tomarse en serio al lector, que saben que la única manera de decir lo que tiene que decir es a través de la literatura, y escriben porque no pueden decirlo de ninguna otra manera. 
Rafael Escobar, en este libro, se ha convertido definitivamente en uno de los grandes. 


Juan Senís
Valencia, junio de 2017

lunes, 12 de noviembre de 2018

Novedades poéticas de SM (3): "Mi vida es un poema" (u otra poesía juvenil es posible)

 

García Rodríguez, Javier, Mi vida es un poema, Madrid, SM, 2018 (ilustraciones de María Herreros)

Cuando Umberto Eco publicó en 1964 su hoy famosísimo y citadísimo Apocalípticos e integrados no sabía lo que estaba haciendo. O quizás sí, porque era un hombre listo y previsor, que demostró una enorme intuición en muchos aspectos de la vida académica y literaria (véase, si no, El nombre de la rosa). Tal vez entonces pensaría que solo se estaba limitando a actualizar esa polémica entre los modernos y los clásicos que ha ido jalonando la historia de la literatura desde sus inicios y que revive cada cierto tiempo, llevándolo en su caso a la imparable irrupción de la cultura popular como fuente de educación artística para las nuevas generaciones y para aquellos sectores de la sociedad que no tenían fácil acceso a la alta cultura. 
Sin embargo, el debate que entonces planteaba Eco (y que no abría exactamente, sino que lo recogía, maestro como siempre él en auscultar el latido de la actualidad y las ideas) cobra más actualidad que nunca hoy en día debido al auge indiscutible de las tecnologías y el poder de la red. Ante este avance imparable unos se rasgan las vestiduras mientras que otros hacen de su capa un sayo y se suben en marcha y por los pelos al carro de la novedad. Siempre ha sido así. Nada nuevo bajo el sol, desde luego. Este debate entre antiguos y modernos, entre viejunos y nuevunos, entre clásicos y hípsters, entre novecentistas y milennials(que cada uno los llame como quiera) parece extenderse a todos los ámbitos de la sociedad. La educación (sobre todo: aquí todo el mundo tiene una opinión, al parecer), la gastronomía, el deporte, los medios de comunicación, el cine, la literatura y la televisión. Nada se libra de un debate en el que, más que de apocalípticos e integrados, se podría hablar de ingenuos y derrotistas, pues parece que las opiniones se polarizan y que no existen los puntos de vista ponderados e intermedios que arrojen algo de luz sobre la realidad. Pero lo más llamativo de todo esto es que dicho debate alcanza incluso a rincones arcádicos de la vida social y cultural que hasta ahora parecían más o menos libres de dichos enconados desencuentros. 
Esta polémica ha llegado (¡oh, sorpresa!) a la poesía también, esa bella durmiente y doliente del sistema literario que hasta ahora solo parecía estar sacudida por los absurdos y enconados enfrentamientos entre las distintas capillas líricas de nuestro país (pero qué lejos y del siglo XX suena ahora todo eso, el debate entre la experiencia y la diferencia, et al) que solo parecían interesar a los propios interesados, es decir, a los poetas que se adscribían (o a los que adscribían) a una tendencia u otra y que, con ello, ganaban o perdían la posibilidad de publicar en según qué medios. Pero ahora resulta que no. Ahora resulta que nos hemos democratizado, nos hemos modernizado, y la polémica no es tanto entre facciones poéticas sino entre los partidarios de la poesía de siempre y los de la nueva (¿sic?) poesía, que nace, crece y se reproduce en las redes para luego ser trasplantada al papel para seguir polinizando el imaginario de la juventud. Una poesía que al parecer ya puede hacer cualquiera que tenga un móvil, un teclado y un poco de idea (o algunas ideas) que plasmar. O, en su defecto, que tenga una coach literaria. Una poesía en la que lo más importante es tener sentimientos que expresar, cosas que decir, público al que llegar. Una poesía joven. Una poesía chula. O, mejor dicho: #poesíajoven #poesíachula. Ay. 
La polémica al respecto ha llegado incluso a los suplementos culturales (por ejemplo, hace poco Luis Bagué Quílez criticaba en una entrevista en Babelia la poesía cuqui, y El Cultural se hacía eco solo hace unas semanas) e incluso a la investigación académica (véase el interesante artículo de Begoña Regueiro en Ocnos), lo cual es señal de que hay algo moviéndose y de que quizás el campo literario está cambiando y polarizándose. 
Yo no tengo ningún reparo en reconocer que apenas me he detenido a leer con atención este tipo de poesía, y que me he limitado a hojearla con apresuramiento cuando me la encuentro en esas grandes superficies. En dichas incursiones veloces no ha llegado a despertar mi interés, pero por eso mismo no quiero dejarme llevar por los juicios apresurados. Lo que sí he podido comprobar en dichos acercamientos es que se trata de libros, en general, de cuidado formato, bien editados y atractivos en su parte visual, quizás por el público potencial al que se dirigen. 
En medio de todo esto llega a mis manos un libro que se llama Mi vida es un poema, publicado en SM por Javier García Rodríguez, profesor universitario que ha iniciado en los últimos años una fecunda carrera como autor de LIJ, y que, en principio, desde el punto de vista paratextual, parece tener muchos puntos en común con ese tipo de poesía. Por ejemplo, las distintas ilustraciones que van acompañando los textos (y que aparecen durante las páginas de una manera alterna y sin un patrón fijo) se parecen bastante a las que podemos encontrar en los volúmenes de la nueva poesía, y hasta al título, si nos ponemos un poco quisquillosos, le podemos encontrar similitudes. Es, además, un volumen exquisitamente editado, en el que se nota un gran cuidado a la hora de elegir la ilustración de la cubierta, las guardas, la tipografía y las variaciones cromáticas de las portadillas interiores. 
Sin embargo, nada en el interior nos recuerda ni vagamente a esa poesía nueva y joven que llena los anaqueles de las librerías y, al parecer, los auditorios y salones de actos de los foros culturales. Lo que encontramos en el interior es un auténtico festín poético, un compendio de formas y posturas, de maneras de ser, pero sobre todo de decir, que es al fin y al cabo lo que es la poesía. 
Mi vida es un poema es un libro completo, complejo (pero no complicado) y sobre todo poliédrico, un libro en el que hay de todo y cabe casi todo y en el que el autor demuestra que otra poesía juvenil es posible. Cabe el humor, cabe amor, caben el lirismo y lo lúdico, el verso y la prosa, caben Gran Hermano y las telenovelas, caben Espartaco y los vigilantes de la playa. Y cabe sobre todo una alegría desenfadada del verso y la palabra, que se despliega por todas sus páginas y que solo puede ser fruto de un trabajo concienzudo de creación y depuración.  
Es difícil elegir algún aspecto de este poemario tan rico y variado, pleno de hallazgos verbales pero sustentados casi siempre en una indagación imaginaria con la que se consigue trascender la pura superficie del texto y llevarlo más allá del simple chiste culturalista de raigambre pop o pseudo-académica.  
Sin embargo, yo elegiré aquí en esta reseña un aspecto que me preocupa especialmente cuando leo y analizo la literatura escrita para niños y para jóvenes, tal vez porque me parece que es uno de sus problemas más importantes y una de las columnas vertebrales de su idiosincrasia. No es otro que el problema de la voz. Teniendo como tienen la LIJ una situación comunicativa basada en la asimetría, pues siempre hay un adulto que le habla un niño o a un adolescente, siempre resulta complicado saber cómo dirigirse a ese lector que es más joven. Ante ello, ¿qué ropaje adoptar? ¿Cuál es el tono que funciona? ¿Cómo hacerlo? Es esta una pregunta recurrente cuando se entrevista a autores que se dedican preferentemente a la literatura para niños y jóvenes, quizás porque no deja de ser la gran cuestión de todo el asunto. Algunos autores dicen que en el fondo no han dejado de ser niños y que por eso se entienden bien con ellos, pero a mí nunca me ha convencido dicha respuesta. Es más, me hace desconfiar profundamente. Un adulto es un adulto. Ya no es un niño. Ha cambiado. Por dentro y por fuera. No creo que el infantilismo sea una virtud. Otra es que pensemos que solo son propias de la niñez cualidades como el entusiasmo, la ilusión y la mirada limpia. Otros autores y algunos estudiosos, en cambio, parecen saber que la clave de escribir para niños quizás esté en dominar como nadie esa fina línea que separa la sencillez de la condescendencia y no dejarse arrastrar por la facilidad de esta última. Hacerlo es tomarse la LIJ muy en serio, pero ser siempre consciente de que se es un adulto y nunca, nunca va a ser confundido con un niño. 
Javier García Rodríguez pertenece sin lugar a dudas a esta segunda categoría. Al ponerse a escribir para jóvenes no ha pretendido ni vestirse con sus ropas ni adoptar su lenguaje, quizás porque sabía que eso solo le haría parecer más viejo y desfasado, ridículamente esforzado en hacerse pasar por joven cuando ya no lo es. Él sabe dónde está y sabe dónde está su voz, que suena perfectamente modulada y es capaz de trepar por las escalas superiores del lirismo y descender a las notas inferiores del humor con igual de facilidad. No pretende, por tanto, hablarles a los jóvenes con un lenguaje simplista y rebajado. No: sabe que la poesía no es eso. Sabe que escribir poesía juvenil no obliga a tratar a los jóvenes con condescendencia, sino con respeto, y por eso les ofrece esta fiesta del lenguaje y la imaginación. Como muestra de ello, y de su actitud en el fondo vitalista, nada catastrofista y por descontado nada nostálgica del pasado (esa trampa de pensar que “cualquier tiempo pasado fue peor”), uno de los primeros poemas del libro, La selva, que podría funcionar como poética unificadora de todo el volumen. Comienza así: “No somos ni mejores ni peores. / Vivimos nuestro tiempo, / sus virtudes, / sus tercas decepciones, como todos”. Y termina así: “No hay nada diferente en vuestra historia: / si miráis hacia atrás vuestro presente / es solo el resultado del futuro / que soñasteis tener en el pasado”. 
No cabe, creo yo, mejor declaración de intenciones. Y no hay, en fin, mejor invitación a la lectura de Mi vida es un poemaque estos versos. 

miércoles, 31 de octubre de 2018

María José Ferrada, Premio Hispanoamericano de Poesía para niños 2018


Novedades poéticas de SM (2): "Si yo fuera"

Cano, Carles (texto) y Serra, Adolfo (ilustraciones), Si yo fuera, Madrid, SM, 2018


Si yo fuera, una de las últimas novedades poéticas publicadas por SM, es un libro muy difícil de comentar o de reseñar, quizás porque promete una cosa y da otra, o tal vez porque yo esperaba algo distinto de la unión de dos de los grandes talentos de la literatura infantil hispánica de hoy en día: el escritor valenciano Carles Cano, autor de un sinfín de obras para niños y jóvenes, y el ilustrador turolense Adolfo Sierra, muy galardonado y reconocido en los últimos tiempos. Aunque el resultado sea, cuando menos y como cabría esperar de la unión de dos singulares universos como son los suyos, valioso y en ocasiones sugestivo, tengo la impresión de que es un libro que se queda a medio camino de lo que podría haber llegado a ser, y que las razones de dicha circunstancia son dos: la tensión entre la ética y la estética; y la confluencia y la relación entre texto e ilustración, no siempre satisfactoria. En cualquier caso, eso no quita para que pueda ser considerado una muestra importante y un ejemplo de lo que podría ser considerado como poesía para primeros lectores.
Una enorme virtud de Si yo fuera es sin duda que, desde el punto de vista literario, y como obra para primeros lectores, supone una disensión dentro de la poética dominante en este ámbito. Demuestra que la poesía para primeros lectores escrita directamente para el público infantil puede prescindir de los recursos propios de la poesía popular y aun así ofrecer un producto atractivo y apto para esa edad, de valor literario y gran potencialidad educativo-poética. Aquí, de hecho, se opta por el verso libre y se prescinde de la rima, y el resultado es igualmente idóneo para lectores incipientes.  
Aun así, desde el punto de vista poético Si yo fuera mantiene un pie dentro del repertorio infantil, ya que el enunciado del título no deja de ser ese factor aglutinador que suelen tener todos los poemarios infantiles y que unifica todas sus partes con un motivo común. La originalidad, en este caso, es que dicho leit motif no es temático sino enunciativo, dado que “Si yo fuera” (que varía desde el principio y se convierte en “Si fuera” o “Si fuese” según las secuencias) es el enunciado que encabeza cada una de las secuencias del libro. Así, durante las secuencias que componen el libro, la voz poética indeterminada que vamos escuchando expresa su deseo de ser un árbol, un libro, una casa, la luna o el sol.  Es decir, expresa lo que haría si fuera todas esas cosas, hasta que en la última secuencia de todas se produce la conclusión y resolución de esta retahíla desiderativa y se nos revela en cierta manera quién está detrás de estos deseos: “Pero solo somos niños / jugando a imaginar / dejando volar los sueños / como cometas en una tormenta”. Por ello, sin duda el tema de este poemario es la poesía misma, es decir, la capacidad de la imaginación para trascender la realidad y producir binomios fantásticos que transformen la visión convencional de lo que nos rodea. 
Es durante este despliegue de deseos sostenidos donde mejor se ve cuál es la base de la propuesta estética de Carles Cano en este libro y donde está lo mejor y lo peor de la propuesta poética del autor. Por un lado, quedan claras las cualidades líricas del lenguaje que es capaz de desplegar en pasajes como “Y si yo fuera un animal / sería un caballo salvaje / para sentir los dedos del viento / ondeando en mis crines”, “Si fuera un mueble / sería una mecedora / para acunar los sueños / y acompasar las nanas” o “Si fuera la luna, / rodaría por las colinas / y me bañaría en los estanques / con las ranas encantadas”. Pero, por otro lado, a menudo el tono lírico e imaginativo decae cuando el mensaje vence al estilo y podemos oír una voz muy distinta de la citada anteriormente, una voz un tanto didáctica que remite a una de las rémoras tradicionales de la LIJ: el adoctrinamiento. Se oye, por ejemplo, en pasajes como “Si fuera un juguete / estaría hecho de tal modo / que mi dueño / tuviera que compartirme”, “Si fuera una escuela / estaría hecha de juegos / de canciones, de cuentos / de libros y de cariño” o “Si fuera un país / no tendría fronteras / y haría de la felicidad / mi bandera y mi lema”. Yo en estos pasajes echo de menos un mayor vuelo lírico que trascienda el registro estándar y convencional que se usa en ocasiones, ya que en ellos no hay ningún atisbo de un lenguaje figurado que sirva para dar vuelo a estos versos. Sin embargo, creo que tales recaídas desde el punto de vista literario (no hablo del moral, ya que el mensaje implícito es de todo punto legítimo) no tienen que ver tanto con los niños como con los adultos. Es decir, no se trata de lo que los niños esperan o desean, sino más bien de los adultos queremos que los niños lean. En este sentido, todos estos pasajes parecen más bien un guiño al mediador que comprará el libro y que seguramente respirará encantado y satisfecho al comprobar que en este libro se tratan valores positivos como la tolerancia, la bondad, etc. De nuevo está aquí el adulto escondido, que determina el tipo de obra que se escribe. De nuevo, vemos aquí la tensión del doble destinatario. 
Estas irregularidades en el tono también están presentes en las ilustraciones. Adolfo Serra elige el motivo clásico, muy frecuente en la poesía infantil ilustrada, de crear personajes que vamos reencontrando a lo largo de todas las secuencias del libro y que actúan de hilo conductor para amalgamar así las distintas composiciones líricas que forman el libro. En este caso se trata de un niño de pelo rojo y una niña de pelo azul a los que podemos ver en los cambiantes escenarios por los que se van repartiendo, y que van mutando de tamaño y protagonismo según las distintas decisiones que se van tomando. El virtuosismo técnico de Serra, con el uso del color, las texturas y las veladuras y un dominio claro de los volúmenes y las proporciones, así como la coherencia estilística y cromática de todas las secuencias, crean un tono sostenido que facilitan la lectura y dan cohesión visual al conjunto. Sin embargo, la distintas soluciones que se proponen para las diversas secuencias no rayan al mismo nivel en todo caso, curiosamente, en un eco de lo que ocurre con los propios versos. Hay grandes hallazgos visuales, muy bien resueltos. Es el caso de la secuencia “Si fuera la luna...”, donde encontramos una luna llena convertida en estanque donde se baña el personaje masculino y moja los pies el femenino; o “Si fuera una palabra...”, en el que la melena azul de la niña se convierte en unas olas por las que va navegan un barco de papel en el que va el niño; o “Si fuera una ventana”, donde vemos cómo el mar entra literalmente por la ventana al interior de una casa. O, sobre todo, en “Si fuera una nube”, con ese niño-nube que deja caer el agua sobre su compañera en tierra, que se resguarda bajo un paraguas amarillo, y en la secuencia final, donde los niños llevan el sol y la luna como si fueran cometas, un gran hallazgo que maravilla al lector por su sencillez y eficacia. En otras ocasiones, en cambio, las ilustraciones dan soluciones más convencionales y menos audaces, como los personajes metiéndose a un libro en “Si fuera un libro...” o los niños-alimento de “Si fuera un alimento”. Y, en general, en aquellas ocasiones en que el texto vuela a menor altura las ilustraciones parecen moverse en un terreno más convencional y menos innovador. No dejan de ser imágenes de gran calidad, pero, consideradas en virtud de su relación con los versos, sus valores quedan un tanto atenuados, y no logran que dichas secuencias poéticas remonten el vuelo a través de su contrapeso visual. 
En conclusión, Si yo fuera, libro de factura impecable y muy bien editado es,  como ya he dicho al principio y pese a todos sus valores, una obra difícil de reseñar. Me da la impresión de que la unión de Cano y Serra podría haber alcanzado cotas mucho más altas de trascendencia imaginaria, pues el planteamiento es realmente sugerente. Pero en el duelo entre la ética y la estética que parece sostener de nuevo la LIJ de nuestros días, aquí parece que la victoria ha correspondido a la primera, y que en ella se ha llevado consigo también a las ilustraciones. La buena poesía, en ocasiones, no tiene nada que ver con los buenos sentimientos. Y, a veces, excelentes ilustraciones no sirven de complemento a los versos. 

martes, 16 de octubre de 2018

Novedades poéticas de la editorial SM



La editorial SM me acaba de enviar por correo un paquete en el que se incluyen tres de las novedades poéticas que acaban de publicar en el inicio de la temporada: Si yo fuera, de Carles Calo, Brujaveleta, José Antonio Lozano Rodríguez, y Mi vida es un poema, de Javier García Rodríguez. No sé si es fruto del azar o si ha habido una premeditación por parte de los responsables de dicho envío, pero el caso es que no me resisto después de haber leído los tres libros a realizar un reseña de todos ellos dividida en tres partes (para no cansar ni saturar al lector), ya que, aunque se trate de tres propuestas muy diferentes entre sí tanto en su apariencia externa como en sus rasgos internos, entre los tres componen un panorama bastante completo de las tendencias poéticas para la infancia y juventud que podemos encontrar hoy en día en el panorama hispánico. 
Además, y no sé tampoco si esto es fruto del azar o de la preparación (y ahora lo mismo da, la verdad sea dicha), se trata de tres obras que corresponden grosso modo a tres estadios distintos de la evolución lectora y que por lo tanto reflejan las posibilidades de la poesía para niños y jóvenes de distintas edades. Así, el libro de Carles Cano, como señala el propio paratexto del libro con acierto (no siempre es así, dicho sea de paso, porque a veces esos mensajes sirven más para despistar que para orientar), es una valiosa muestra de poesía para primeros lectores, mientras que Brujaveletaestaría destinada a un lector mayor, más autónomo y experimentado, y Mi vida es un poema podría ser considerado una muestra de poesía juvenil o para lo que hoy se llama, en una malísima y apresurada traducción del inglés, joven adulto (¿no es más natural traducir Young adult como adulto joven? ¿A qué viene anteponer el adjetivo en español, donde el orden natural es otro?). 
Así, pues, desde Si yo fuera hasta Mi vida es un poema asistimos a un recorrido por las tendencias dominantes de la poesía española infantil y juvenil actual, en la que, por cierto, no hay que olvidar el peso necesario de las ilustraciones en ello, y que centrarán las próximas entradas de este blog. 

jueves, 4 de octubre de 2018

Juan Kruz Igerabide, merecido Premio Nacional de LIJ 2018 (y, de nuevo, por una obra poética)


Juan Kruz Igerabide ha obtenido el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil en su edición 2018 por su obra Abezedario Titirijario. El galardón lo concede el Ministerio de Cultura y Deporte para distinguir una obra de autor español, escrita en cualquiera de las lenguas oficiales del Estado y editada en España durante el pasado año 2017. La dotación económica del premio es de 20.000 euros.
La obra galardonada escrita en euskera, con el título original Letren txotxongiloa, ha sido traducida al catalán (Abecedari pipiridari), al gallego (Abecedario monicredario) y al castellano (Abezedario titirijario).
Juan Kruz Igerabide (Aduna, Guipúzcoa, 1956) es autor de literatura infantil y juvenil, traductor y poeta. Estudió Magisterio y, posteriormente, hizo el Doctorado en Filología. Imparte clases en la Universidad del País Vasco. Ha desarrollado varias investigaciones en el ámbito de la literatura infantil, como Bularretik mintzora: haurra, ahozkotasuna eta literatura (Del pecho al habla: el niño, la oralidad y la literatura. Erein, 1993), y, tras varios libros y poemarios para adultos, en 1995 comenzó a publicar poesía para público infantil, con obras como Haur korapiloak (Trabalenguas para niños. Pamiela, 1997), Botoi bat bezala(Como un botón. Ed. Bilingüe. Anaya-Haritza, 1999), Mintzo naiz isilik (Elkar, 2001. A tus ojos mi voz. La Galera, 2004) o Munduko ibaien poemak (Elkar, 2004. Poemas para los ríos del mundo. Hiperión, 2004) También ha escrito poesía para jóvenes. En narrativa infantil, Igerabide ha escrito más de una veintena de cuentos, como la serie protagonizada por Jonas, que comenzó con Jonas eta hozkailu beldurtia (Aizkorri, 1998; Jonás y el frigorífico miedoso, Everest, 1999), Premio Euskadi en 1999.