lunes, 27 de enero de 2014

El idioma secreto


Ferrada, María José, El idioma secreto, Pontevedra, Kalandraka, 2013 (ilutraciones de Zuzanna Celej). 

 
El canon de la literatura infantil, pero, sobre todo, de la juvenil, se nutre en gran parte de lo que Zohar Shavit llama textos de estatuto difuso, es decir, aquellas obras literarias que son leídas tanto por adultos como por  niños. Esta ambivalencia muchas veces no beneficia a la literatura infantil, ya que hay quienes tienden a proclamar con despreocupación que las obras de calidad para niños y jóvenes son aquellas que son también leídas por adultos. Sin duda se trata de una apreciación equivocada desde el momento en que determinadas obras literarias forman parte solamente del canon infantil. Según dicho punto de visto, no nos quedaría otro remedio que decir que Donde viven los monstruos o ¿A qué sabe la luna?  son malas obras de literatura infantil solo porque sus lectores son niños y no adultos. Y por supuesto que no lo son.
Otra cosa muy distinta es encontrarse con textos sumamente versátiles que pueden funcionar como lectura tanto para niños y jóvenes, pues cumplen con los rasgos propios de este corpus, como para adultos, puesto que no defraudan las expectativas de un lector más formado. El idioma secreto, de María José Ferrada, es uno de esos textos. Y, aunque ha ganado el Premio Ciudad de Orihuela de Poesía 2012, funcionaría igual como poemario para adultos y publicado en una colección de poesía general. Sería, pues, este un libro de estatuto difuso, sin dejar por ello de ser un libro de poesía infantil o, tal vez, juvenil. Eso lo hace distinto, mas no necesariamente mejor. Hay poemarios infantiles que no resistirían esta prueba y que, sin embargo, son excelentes.
Esta posición difusa de El idioma secreto se explica, obviamente, porque se dan en él una confluencia de rasgos formales típicos de la poesía infantil con otros propios de la poesía para adultos, en una unión armoniosa que no desequilibra el conjunto debido a que en este caso la voz poética que habla durante todo el poema es uniforme. No se trata aquí, como en otro libro que reseñamos hace unos meses, de que una voz infantil domine sobre una voz adulta, ni de que la voz fingidamente infantil estrangule con su engolamiento una voz adulta que se resiste a batirse en retirada y asome aquí y allá de manera incongruente. En El idioma secreto, por el contrario, hay una voz adulta que evoca vivencias infantiles con su abuela en tiempos de cierta escasez y cómo esta le enseñó ese idioma secreto que funciona como metáfora unificadora de todo el libro. Lo curioso, empero, es que esa voz deja al descubierto la gran paradoja de la literatura infantil, la cual, según Perry Nodelman, consiste en que siempre hay una voz adulta que, por mucho que trate de esconderse, siempre emerge entre los pliegues de cualquier texto destinado a los niños. Aquí en ningún momento esta voz poética, que tiene también algo de voz narrativa en la medida en que evoca fragmentariamente una serie acontecimientos de su infancia, intenta pasar por la de una niña. Es, por el contrario, la de una adulta que recuerda su niñez.  
En consonancia con ello, en El idioma secreto se da una total ausencia de recursos propios de la poesía popular y un uso decidido del verso del verso libre, algo que aún es llamativo dentro del terreno de la lírica para niños, aunque sí sean más propios de la poesía para niños el protagonismo infantil y la estructura levemente narrativa de todo el conjunto. En este sentido, el libro podría leerse al mismo tiempo como el retrato del aprendizaje sentimental de una niña y como un solo poema en el que el principio y el final son casi idénticos, con una leve variación que refleja precisamente la evolución del yo protagonista. Así, el libro se abre y se cierra de forma casi idéntica (“El idioma secreto me lo enseñó mi abuela. / Y es un idioma que nombra las plantas de tomate, la harina, los botones. / Un día me llamó. / Me dijo que antes de que la muerte se la llevara quería entregarme algo. / Mi herencia era una caja de galletas con ovillos de lana y boletas de ferretería. /Ahí dentro estaban las palabras”), si bien al final a estos versos se les añade una coda muy significativa  (“Y con ellas /hice mi habitación en el mundo”). Y, en efecto, entre este principio y este final casi simétricos, las palabras se equiparan con la naturaleza y con los objetos para dibujar un universo donde la figura central es la abuela (“Las manos de mi abuela eran dos nidos tibios / donde volvíamos / luego del vuelo por los sauces y los limoneros. / Quería un idioma / para nombra nuestros recuerdos. / Un idioma secreto con palabras de pájaros y colmenas. / Un idioma de higos”). Se trata, en fin, de un delicado retrato lleno de lirismo que, afortunadamente, las ilustraciones de Zuzanna Celej no hacen sino subrayar con imágenes tan bellas y coherentes con el texto como el árbol-abrigo o los caracoles rondando la taza, todas ellas dotadas de un tono difuminado que resalta aún más el carácter intimista del texto.
Sin duda, es una buena noticia que un premio tan importante como el “Ciudad de Orihuela” se haya decidido a galardonar a un libro de poemas para niños escrito en verso libre y en el que no hay rastro alguno de la lírica popular, aunque solo sea por dar un mentís a quienes crean que la poesía infantil debe tener siempre rima y un ritmo muy marcado.

Ferrada, María José, El idioma secreto, Pontevedra, Kalandraka, 2013 (ilutraciones de Zuzanna Celej). 



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