martes, 15 de mayo de 2018

"Postales para un año", de Giusi Quarenghi y Anna Castagnoli


Quarenghi, Giusi (textos) y Castagnoli, Anna (ilustraciones), Postales para un año, Barcelona, A buen paso, 2017 
(traducción de Cristina Falcón Maldonado)

Afortunadamente, dentro del campo literario para la infancia cada vez hay más obras que proponen discursos alternativos y que realmente desautomatizan la percepción del lector en varios niveles, remueven su intertexto lector y contribuyen de manera decisiva a su educación literaria al enfrentarle con textos que desafían las convenciones literarias establecidas en el repertorio más extendido de la LIJ. Y que lo hacen, además, no solo desde lo textual y lo visual, sino también desde lo objetual. 
A este tipo de obras pertenece uno de los últimos libros publicados por la editorial A buen paso, dirigida y sacada adelante gracias al entusiasmo incansable de Arianna Squilloni. Se trata de Postales para un año, volumen en el que el texto es de Giusi Quarenghi, las ilustraciones de Anna Castagnoli y la traducción de Cristina Falcón Maldonado. En ella se a un proceso confluyente de desautomatización: textual, visual y objetual. Y, aunque haremos referencia a las dos primeras, nos centraremos sobre todo el la última, dado que es sin duda la que hace de ella una obra particular, original, que inscribe e inaugura un espacio original dentro del repertorio poético infantil actual.  
Postales para un año se inscribe en una tendencia muy específica de la actual poesía escrita para niños, que implica una renovación del género a través del uso de recursos menos usados del repertorio, como el verso libre, el lirismo y un lenguaje literario más imaginista y evocador, elusivo y sutil. Por lo tanto, entronca con una tendencia cada vez más presente del repertorio poético infantil, sin desatender otros rasgos más extendidos en él, como usar un solo tema como pauta constructora del libro. Aquí son las estaciones y el paso del tiempo, los ciclos de la vida. Cada parte corresponde a una de ellas y está estructurada de la misma manera: hay un poema introductorio, que es siempre un haiku, sobre la estación (por ejemplo, en primavera: “Alas violetas / En toda nueva raíz / despunta el vuelo”), y luego una composición lírica dedicada a cada uno de los meses que la componen la estación, de dos versos cada una (“Bienvenido mayo, hábil jardinero /que plantas estrellas y cultivas el cielo”; “Enero tan frío, corazón de hielo / ¿y si te beso, y en mis brazos te llevo?”).  
Así, pues, la desautomatización respecto a la lengua común es evidente, pero la desautomatización respecto al repertorio es relativa, y depende mucho del punto de vista y del intertexto lector de quien lea el libro, ya se niño o mediador. Para un lector acostumbrado a (y al tanto de) las novedades en poesía infantil, una obra así no será demasiado novedosa desde el punto de vista literario, ya que incorporan algunas tendencias crecientes en la poesía infantil (de hecho, la propia Ferrada ganó el premio Orihuela con un libro similar). Para un lector no acostumbrado, sí lo será, por supuesto. 
 Pasemos a otro umbral de creación de significado, que es el visual y el objetual. Dicho umbral no debería ser tenido en cuenta en obras ilustradas de forma independiente y separada, ya que la imagen en los libros ilustrados, a pesar de que tenga entidad estética en sí misma, no está concebida para ser contemplada de manera independiente, y sí para ser vista en relación con el texto al que acompaña. Así, lo que hay que tener en cuenta aquí es eso precisamente, la manera en que se produce la relación entre texto e imagen y hasta qué punto de ello se deriva una lectura y una percepción desautomatizada. 
En general, las dinámicas de relación que se producen entre el texto y las ilustración en estos dos libros son más similares a las de un álbum que a las de un libro ilustrado, ya que Anna Castagnoli, con sus delicadas y líricas ilustraciones, rehúye la redundancia para establecer diálogos con el texto que sobrepasan la simple reproducción de contenido. 
Pero lo que realmente hace a este libro una obra literaria desautomatizada – y con eso queremos decir que nos obligan a pararnos a mirar, a pararnos a ver, a mirar mejor, a leer mejor – es el formato. Es este el que dirige y configura un tipo de lectura distinto, más consciente y menos automática; sin ese formato, la obra sería totalmente distinta. No mejor ni peor, pero sí distinta. 
Postales para un año nos propone, pues, un itinerario y un ritmo de lectura en cierto modo diferente porque se da un orden distinto entre texto e ilustración, que sin embargo resulta completamente pertinente con la obra en su conjunto. 
Normalmente, en los libros de poesía para niños, y sobre todo en los poemarios ilustrados (no tanto en los álbumes líricos) suele establecerse la misma relación entre poema e imagen: el primero va en la página par y la segunda en la página impar, manteniendo así la unidad de la doble página que es tan habitual en los libros ilustrados y los álbumes. Así, cuando el lector pasa la página, encuentra esa doble unidad, de tal manera que hay una primera aproximación más superficial y rápida a la ilustración, quizás un rápido vistazo, que luego se completa con la lectura de los versos, después de la cual se puede volver a la ilustración para completar el significado y rematar la lectura. En Postales para un año no es así. En postales para un año encontramos primero la imagen, en la página impar, y el texto que va con ella detrás, en la par. De esta manera, se mantiene la distribución más habitual pero subvirtiendo el orden y, por lo tanto, el acceso al contenido doble que proponen texto e imagen. Esto crea una dinámica de lectura diferente, porque, una vez leído el texto, el lector se ve obligado generalmente a volver de nuevo la página para cotejarlo con la ilustración, para confirmar ese diálogo. Esta es la dinámica que encontramos a lo largo de todo el libro. 
¿Cuál es la razón principal para ello? Claramente, reproducir la dinámica comunicativa que se establece cuando se recibe o se ve una postal, en la que tendemos a mirar primero la fotografía (que es la razón de ser de las postales, al fin y al cabo), en la propia lectura del libro, de tal manera que se establece una ceremonia lectora distinta de la que se da en un libro de poemas convencional. 
        Ulteriormente, y además de esta ceremonia lectora que se propone aquí, este libro se puede convertir en una obra de arte exenta, y hasta en un objeto decorativo. Decorativo es una palabra fea, tal vez, para hablar de libros, pero aquí no resulta desacertada. En el caso de Postales para un año, cada una de las postales está troquelada de tal manera que permite la separación de la misma del cuerpo del libro para separarlas y usarlas como se quiere: como postales propiamente dichas, como tarjetas que acompañen un regalo, como láminas enmarcadas llenando una pared. Con eso, Postales para un añoes un libro que, sin dejar de serlo, trasciende su propia condición de libro para dar un paso adelante, para convertirse en objeto. Solo el lector decidirá al final qué querrá hacer con él. 

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